Columna: Compartir es el verbo: “No son solo notas: la salud mental en las aulas es una emergencia pediátrica y social”
Editor
Estos días, mientras acompañaba a la comunidad de Calama ante el reciente suceso dramático que nos ha golpeado, una pregunta resonaba en cada conversación con padres, madres y educadores: “¿Cómo detectamos a tiempo el sufrimiento de nuestros niños, niñas y adolescentes?”. La tragedia sacude, pero el malestar silencioso llevaba años incubándose detrás de los muros de los colegios.
Como profesional que ha dedicado su trabajo a la niñez, siento la urgencia de mirar esta realidad no solo desde la psicología clínica o la educación, sino desde la Pediatría Social. Esta disciplina nos enseña que el sufrimiento infantil no es un problema individual, es el síntoma de un entorno que duele.
1. El colegio como termómetro del malestar
Nuestros colegios no solo forman académicamente; son el principal termómetro de la salud emocional de una comunidad. Hoy, los equipos de convivencia escolar están desbordados. Atienden crisis que van más allá de la “mala conducta”: estamos viendo niños con ansiedad paralizante, adolescentes que recurren a la autolesión como lenguaje de un dolor que no saben nombrar, y una violencia entre pares que replica la violencia estructural que vivimos en el territorio.
En Calama, las condiciones son agravantes. El alto costo de la vida, la rotación laboral en la minería que fragmenta las familias, el polvo en suspensión que afecta la salud física y la percepción de inseguridad se cuelan en las mochilas de los estudiantes. Un niño no puede regular sus emociones si sus necesidades básicas de vínculo y estabilidad están comprometidas.
2. La urgencia de una respuesta desde la Pediatría Social
La Pediatría Social nos obliga a cambiar la pregunta. No basta con preguntar “¿qué tiene este niño?”, debemos preguntarnos “¿qué le ha pasado?” y, sobre todo, “¿qué está pasando en su familia, su escuela y su barrio?”.
La respuesta a esta crisis no puede ser solo más listas de espera en salud mental. La espera es un lujo que los niños y adolescentes no tienen. Cuando un niño de 7 años manifiesta su angustia con dolores de estómago para no ir al colegio, o un adolescente colapsa en un brote psicótico en medio de la sala, estamos frente a una emergencia pediátrica que requiere acción inmediata.
Desde la Pediatría Social, la respuesta debe articular tres ejes:
1. Formación y contención a los educadores: No podemos pedirle a un profesor que sea terapeuta, pero sí debemos dotarlo de herramientas para sostener el vínculo y detectar señales de riesgo antes de que escalen. Un docente contenido es un factor protector.
2. Equipos interdisciplinarios en las escuelas: La ley actual es insuficiente. Necesitamos duplas psicosociales (asistentes sociales y psicólogos) con cargas horarias reales para salir del escritorio y pisar el territorio, visitando hogares y articulando con la red de salud y Mejor Niñez, OLN.
3. Desmedicalización del sufrimiento: No todos los niños tristes tienen un trastorno. Muchos están reaccionando a un entorno adverso. La Pediatría Social aboga por abordar los determinantes sociales: vivienda digna, barrios seguros, tiempo de calidad en familia y, fundamentalmente, recuperar el juego como herramienta de elaboración del trauma.
3. Un llamado a la comunidad
Lo sucedido en Calama debe ser un punto de inflexión. No podemos seguir normalizando que nuestros niños crezcan con los niveles de estrés tóxico que vemos hoy. La salud mental escolar no es un problema exclusivo del Ministerio de Educación; es un problema de salud pública, de justicia social y de responsabilidad ciudadana.
Hago un llamado a las autoridades sanitarias y educativas, nacionales y regionales a declarar una alerta regional en salud mental infanto-juvenil. Necesitamos mesas de trabajo locales donde los colegios no queden aislados, donde los centros de salud familiar (CESFAM) puedan desplegar equipos móviles a las escuelas, y donde se financie de manera sostenible la atención temprana.
El suceso dramático que nos convoca no fue un estallido aislado; fue el grito ahogado de un sistema que no supo contener a tiempo. Si queremos honrar la memoria de quienes han sufrido y construir un futuro para nuestra niñez en Calama, debemos entender que la Pediatría Social no es una especialidad médica más: es la ética de priorizar a los más vulnerables.
Hoy, los profesores están sosteniendo a los hijos de los calameños con las uñas. Es momento de que como sociedad, nos hagamos cargo con políticas, con presencia y con humanidad.

